sábado, junio 02, 2012

El país de octubre, de Ray Bradbury (The October Country)


Cómo han pasado de rápido estos cuatro meses. Primero debo disculparme con todos aquellos que entraron al blog durante este tiempo y se encontraron siempre con la carátula del libro de Tolstoi que ha quedado bajo esta reseña. Traté de hacer lo posible para subir otra reseña que pudo haber sido de una antología de Hitchcock, o de una novela de Jonh Farris, pero no se pudo. Este semestre en la universidad fue sumamente atareado: estudio literatura. El hecho fue que dedicarme al terror me quedó imposible porque, además de las clases y lecturas, hubo proyectos nuevos, bastante gratificantes debo decir, que ocuparon todo mi tiempo.

Pero al fin he terminado el semestre, bastante satisfecho y dispuesto a volver por más terror, retomando con una colección de cuentos de Ray Bradbury, una muestra de sus primeros trabajos.

No tenía planeado leerlo todavía, pero un amigo me envió un mensaje en el que me decía que había leído en una antología de Hitchcock un cuento de Bradbury que se llamaba «El viento», y que me lo recomendaba. Cuando leí el mensaje, saqué El país de octubre de la biblioteca y revisé si estaba el cuento, luego me lo leí de una sentada y me pareció bastante bueno. Luego regresé a la primera página y leí el primer cuento, luego el segundo, luego el tercero y pasadas unas semanas, en las que seguía ocupado con los últimos asuntos de la universidad, pero que me dejaban ya un tiempito libre, terminé El país de octubre.

Este libro es una nueva versión de la primera publicación de Bradbury, que se llamó Dark Carnival, publicado por primera vez por Arkham House. Reúne 19 cuentos, de los cuales 15 son de la primera versión y fueron revisados y reescritos por el mismo autor:

El enano
El siguiente en la fila.
La desvelada ficha de póker de H. Matisse.
Esqueleto.
La jarra.
El lago.
El emisario.
Tocados por el fuego.
El pequeño asesino.
La multitud.
La caja de sorpresas.
La guadaña.
El tío Einar.
El viento.
El hombre del primer piso.
Había una vez una vieja.
La alcantarilla.
Reunión de familia.
La maravillosa muerte de Dudley Stone.

Sin embargo, pese a que fue revisado y, supongo, mejorado desde su versión original, me ha dejado con sensaciones ambiguas.

Todos los cuentos tienden a alcanzar ese clima nostálgico que se anuncia en la sinopsis: «El país de octubre… donde siempre está haciéndose tarde. El país donde las colinas son niebla y los ríos neblina; donde el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo, y la medianoche no se mueve. El país que es principalmente sótanos, subsótanos, carboneras, armarios, altillos y despensas alejadas del sol. El país que habitan gente de otoño, que sólo tienen pensamientos otoñales. Gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia…»

Pero no hay que ser injustos; el sol también está presente, pero adquiere otra naturaleza cuando brilla en los lugares apartados, silenciosos y demasiado apacibles en los que Bradbury sitúa algunos de sus personajes.

El país de octubre nos ofrece una amplia galería de espectros, de seres obsesionados y abyectos, de criaturas extrañas que irrumpen en la cotidianeidad, pero sobre todo abundan los parajes inhóspitos, raros, tan pacíficos que provocan incertidumbre, sin mencionar la obligada revisita a algunos arquetipos de la literatura de terror como los vampiros y los fantasmas. Aquí Bradbury nos niega la seguridad que ofrece el bullicio de las grandes ciudades y nos abandona en pueblos que nos enfrentan a los temores más recurrentes del ser humano: la soledad y el silencio. Además, hay una curiosa fascinación por todo el universo de las ferias de pueblo, en especial por los tiovivos (que hasta ahora descubrí eran carruseles), que adquirirían importancia nuevamente en su novela La feria de las tinieblas.

Dark Carnival, Primera edición
Una de las virtudes del libro es que la gran mayoría de las historias parten de ideas sumamente creativas, insólitas. No son historias de terror en el amplio sentido de la palabra; no son explícitas, sino más bien sugerentes. Lo que debería estallar frente a nuestros ojos como un espectáculo horroroso es apenas esbozado en una cuidadosa narración y la imaginación, entonces, entra a participar. No somos simples espectadores viendo una sucesión de horrores, como en una película, sino que somos parte de la historia. Tenemos que vivirla junto con los protagonistas, entrar en sus mentes, para poder experimentarla y eso lo sabe Bradbury, por eso crea pocos personajes en espacios reducidos, más personales.

Todo eso lo logra haciendo uso de un lenguaje bastante poético, que a veces puede resultar un tanto abstracto, sobre todo cuando lo que esperamos ver con claridad no está visible sino oculto entre metáforas y eufemismos. Los sentidos deben estar atentos a todo, y eso es un gran logro de esta colección. Podemos sentir el clima protagonista que se anuncia desde la sinopsis y que encadena cada una de las historias.

¿Qué es entonces lo que me dejó sensaciones ambiguas? Primero debo decir que al leer diecinueve historias, es claro que no todas van a ser igual de buenas. En el juego narrativo que propone Bradbury, así como hay logros mencionados anteriormente, también hay falencias que se ven más claramente en los finales. Algunas historias buscan el final abierto, pero lo único que logran es cerrar la historia con un enorme signo de interrogación.

Primera edición en español, 1964
La prosa de Bradbury está muy bien, pero al leer un cuento tras otro, con el mismo estilo, llega a hastiar. Sorprendentemente, al ser un lenguaje que raya en lo poético, es muy fluido y eso se le agradece. Aquí está la muestra de que para fabricar una lectura rápida no se necesita ser ramplón. Pero, no sé por qué, y tal vez sea algo muy personal, el libro difícilmente me hizo desear cada vez más. Me explico: cada historia me atrapó, me hizo devorarla y disfrutarla con avidez, pero el libro íntegro no. Difícilmente logró que me enganchara a él. Cuando llegué a la mitad veía con preocupación las páginas que me faltaban y pensé que sería un libro más que se sumaba a las lecturas incompletas. Pero no quería dejarlo a medias porque hace mucho decidí no dejarme llevar por la pereza, y tuve que tomarme un tiempo para retomarlo con más calma. Cuando me leí «El viento» fue una sensación agradable, y cuando pasé al primer cuento, siguió siendo agradable, pero cuando fui por más, uno tras otro, ya no lo fue tanto.

Creo que es un libro para leer pausadamente, quizá intercalándolo con otras lecturas, porque cada historia tiene una carga muy fuerte de sensaciones y leérselas todas de un solo tirón puede llegar a cansar y provocar la pérdida del encanto. Es lo que recomendaría para quien desee leer estas historias, aunque la decisión siempre será personal, obviamente.

El país de octubre es un buen libro, una agradable mirada a lo que pasaba por la mente del Bradbury que, si se disfruta mesuradamente, con calma, será mucho más disfrutable, porque eso es, precisamente, lo que nos ofrece cada historia: calma… y luego el horror. Algunas historias superan a otras, pero no es nada raro dentro de un libro con tantos cuentos que aspiran a lo mismo. Me llevo algunas cositas valiosas, como el uso de los narradores, el lenguaje y el ritmo que seguramente me servirán para mis cuentos, además de una divertida e inteligente sátira a los vanguardistas.

Para finalizar, les dejo mis cuentos favoritos que de paso les recomiendo: «El enano», «La desvelada ficha de póker de H. Matisse», «El lago», «El emisario», «El pequeño asesino» y «La guadaña».


Bradbury, Ray. El país de octubre; traducción de Francisco Abelenda. Barcelona, España: Ediciones Minotauro, 2002.

domingo, enero 22, 2012

Vampiros, de Alexei C. Tolstoi (Vampires)

Ya una vez había dejado pasar ese extraño y viejo libro que estaba en la estantería Decía VAMPIROS en el lomo, y arriba, con letra muy pequeña, decía Alexei Tolstoi. Me intrigó sobremanera, ya que siento una enorme debilidad por estos libros y cuentos de terror tan viejos.

No lo compré ese día y no demoraron mucho en llevárselo. Pero los libros siempre aparecen de nuevo, y cuando lo vi por segunda vez, no dudé en separarlo y llevármelo a los pocos días.

Este librito es encantador. Una edición argentina de 1944 con sus tapas de bordes desgastados, con todas sus páginas gruesas y amarillas e impregnado de ese delicioso olor a libro viejo que ha conservado durante décadas.

Alexei Tolstoi (1817, San Petersburgo – 1875, Krasny Rog) primo lejano de León Tolstoi, nos ofrece aquí su manejo de las leyendas sobre los vampiros, tema que trabajó en sus primeras obras, aclamadas por Belinski, el célebre crítico del siglo de oro de la literatura rusa. El libro reúne cinco cuentos que nos hablan del origen eslavo de los vampiros (Upir en ruso) y que posteriormente proclamaron como su territorio las tierras transilvanas, húngaras y de los Cárpatos y asimismo, adquirieron sus rasgos definitivos en la literatura del siglo XIX.

El libro comienza con el mejor cuento de todos, el más sobrecogedor: «Una familia de vampiros», cuya verdadera traducción del ruso es «La familia del Vurdalak». Aquí conocemos la naturaleza del vampiro eslavo que, como afirma el protagonista, son los cuerpos de los difuntos que salen de sus tumbar para chupar la sangre de los vivos pero que, a diferencie de vampiros de otros países, los eslavos tienen preferencia por la sangre de familiares y amigos que se convierten en vampiros en el acto y por eso existen aldeas en las que todos sus habitantes son vampiros. D’Urfé, el protagonista, nos relatará la horripilante aventura que vivió al hospedarse en una casa de un pueblo serbio, camino hacia una misión diplomática.

Esta historia ha sido llevada al cine dos veces: Las tres caras del miedo (Black Sabbath) de 1963, dirigida por Mario Bava, una cinta que adapta tres relatos de terror y uno de ellos es el cuento de Tolstoi, protagonizado por Boris Karloff. La segunda es La noche de los diablos (1972) de Giorgio Ferroni.



La segunda historia, «El vampiro», es la más larga e interesante, pues está llena de situaciones extrañas que suceden en Italia y Rusia, llenas de elementos oníricos, así como personajes que traspasan los límites de la racionalidad. La historia comienza en una fiesta, en la que un desconocido le afirma a Ranevski, nuestro protagonista, que todos los invitados son vampiros y que se pueden diferenciar por el chasquido que hacen con la lengua. A partir de allí vendrán aventuras llenas de horror, entre dilemas amorosos y querellas familiares.

«Amena» es una historia que transcurre en Roma, en tiempos del emperador Maximiliano. Aquí podremos disfrutar de los amoríos entre un joven pronto a casarse y una mujer que se hace llamar Amena, que teje trampas para que el joven inocente sucumba a sus encantos, renuncie a su prometida y a la religión cristiana. Veremos, entonces, las acciones de un posible súcubo que seduce a Ambrosio a través de sueños y fantasías, para luego quedar hundido en la desgracia.

«Dos días en las estepas de los Kuirguises» y «Artemi Simionovich Bervenkovsky» son los últimos cuentos de la colección, que aunque no logro situarlos como meramente vampíricos, sí son bastante extraños. El primero es una jornada de caza en busca de unos antílopes supremamente rápidos y difíciles de cazar denominados saigaki, con un final que da para pensar cualquier cosa; el segundo trata de un viajero que, al quedar varado en la carretera hacia Kirilof, se hospeda en la casa de un sujeto bastante excéntrico, Artemi Simionovich, que corre desnudo en el jardín de su casa y grita diariamente durante media hora y posee cierta fascinación por la mecánica.

Este libro es un hallazgo fascinante porque, además de su formato y antigüedad, contiene relatos que no he podido hallar en otras ediciones, ni siquiera en la de Alianza (que contiene «El vampiro» y «La familia del Vurdalak»). La historias tienen un aire encantador, clásico y misterioso, que beben del folklore, de todas esas leyendas que recorrían los pueblos eslavos y que también se contaban en las reuniones, al lado del crepitar del fuego en las chimeneas.

Sin duda un ejemplar imperdible que nos da la posibilidad de escudriñar en ese pasado fascinante que existió mucho antes de la aparición de nuestro querido Conde Drácula.

Editorial Alianza, como dije, publicó dos de estos cuentos, no más, pero me sorprende y me molesta que con ese montón de antologías que se han hecho, el cuento que siempre figure sea «La familia del Vurladak», así que, para los amantes de los vampiros y el terror en general, si ven si ven este libro, ¡cómprenlo! Tendrán entre sus manos cuentos que no he logrado ver en otras antologías. Ustedes mismos pueden verificar lo que digo aquí.

Y si deciden anotarlo en su lista de búsqueda, estén atentos, porque no es un libro llamativo y puede escapar fácilmente del ojo incauto.


Constantínovich Tolstoi, Alexei. Vampiros; ilustraciones de Violeta Lorraine Pouchkine; traducción de Olga de Wolkonsky. Buenos Aires, Argentina: Editora Inter-Americana, 1944.

sábado, enero 07, 2012

El sol de medianoche, de Ramsey Campbell (Midnight Sun)

Siempre se me dificulta leer a este autor, más que todo al comenzar cada novela (alguna vez me pregunté si yo estaba fallando como lector, pero varios conocidos me han dicho lo mismo sobre la prosa de Campbell), pero mientras más leemos, la lectura de va soltando. No sé si sea cuestión de la traducción, porque los libros publicados por Vidorama (o Ágata) y Grijalbo, del que les hablo ahora, comparten esa misma dificultad. Yo pienso que es el estilo de Ramsey Campbell, y si lo es, difiero en la opinión de que es el Stephen King británico.

Detesto juzgar un libro por el hecho de que sea lento, o no enganche fácil. Me parecen argumentos totalmente débiles. El lector debe poner de su parte también. Hay unos truños lentísimos y malos, pero hay que evitar regirse por esa norma.

Yo con este autor hago el esfuerzo con mucho gusto, porque vale la pena.

La novelas de Ramsey Campbell tienen una particularidad que me encanta, y son los ambientes y lugares en las que se desarrollan, esos parajes enigmáticos y a veces inhóspitos, que resultan atractivos por una tranquilidad inquietante que nos hace estremecer, pero que a la vez nos impulsa a seguir escarbando, tratando de hallar el origen del misterio que se cierne sobre los protagonistas.

Así sucede en Sol de medianoche, esta vez con una familia que se va a vivir a Stargrave, un frío pueblo cercano a los páramos. El padre de la familia, Ben Sterling, es un autor de libros infantiles, en los que recupera las historias que escuchó de pequeño por parte de su abuelo, otro escritor de libros enigmáticos que murió en extrañas circunstancias, todas relacionadas con el frío, el invierno y el sol de medianoche. Él junto con Ellen, su esposa y encargada de ilustrar los libros, Margaret y Johnny, sus hijos, se mudan a la casa de sus antepasados, una mansión en los límites del bosque Sterling. Para todos supone un cambio de vida, provechoso para sus hijos por los paisajes y los lugares para explorar, e inspirador para el trabajo de Ellen. Estar en el lugar que originó las historias que ahora los ha hecho exitosos es un privilegio, pero para Ben supone un reencuentro con su pasado, atraído por una extraña fascinación por los bosques de Stargrave y por el frío invernal, que parecen tener vida propia.

Sol de medianoche es una novela larga, lenta, supremamente atmosférica, pues el verdadero protagonista es el lado oscuro de la naturaleza, ese frío estremecedor que sale de las páginas y contagia al lector. Aquí Ramsey Campbell no elige el camino fácil, con el molesto «de repente» para asustar y el vértigo que producen la sangre y tripas, sino que rescata lo mejor del terror clásico, ese que se lee con calma, en la noche. El terror de esta novela es poderoso y se manifiesta de manera sugerida y va creciendo poco a poco mientras se cierne sobre los protagonistas, hasta que es muy difícil escapar de él. Hay una fascinación por la oscuridad y el invierno, pilares sobre los que se construye el miedo central de la novela: lo desconocido. Un enigma que está lejos de nuestra comprensión, pero que sabemos que está allí, acechante, muy superior a nosotros.

Las imágenes de Campbell son impresionantes y, aunque se repiten bastante, no pierden la fuerza, pues son componentes esenciales para la atmósfera agobiante que produce la historia. Además, el autor sabe manejar bastante bien el punto de vista de cada personaje, pues el lector verá la historia desde la perspectiva de cada miembro de la familia Sterling, así como el buen manejo de los diálogos, eficaz para ir desentrañando el misterio.

Quedé altamente satisfecho con Sol de medianoche, con una prosa muy bien trabajada, con el ritmo adecuado y una historia inteligente que produce verdadero terror. Para el amante el susto fácil y lo trepidante, les recomiendo alejarse de este libro, porque los defraudará. Esta novela es recomendable leerse con la mente despejada, para poder disfrutar su extensión y ritmo pausado, y aprovechar las sensaciones que provoca.

A veces para causar terror no se necesita sangre, sustos extravagantes ni cosas rebuscadas, porque se fracasa en el intento, y es precisamente de esto sobre lo que habla el epígrafe de la primera parte de la novela, que me parece un sabio consejo que no pudo haberse escrito mejor: «Los escritores de literatura (sobrenatural) que se esforzaban por impresionar y lograban aterrorizar, ahora se esfuerzan por aterrorizar y sólo logran asquear» (La venganza del pasado: El significado cultural de la literatura sobrenatural, David Aylward). Sin duda, Ramsey Campbell logra lo primero.


Campbell, Ramsey. El sol de medianoche; traducción de Eduardo G. Murillo. Barcelona. España: Grijalbo, 1993.

miércoles, enero 04, 2012

Esto (no) es un cuento: Hijos de la Nochebuena

 Este cuento es la versión íntegra del texto que se publicó en El edén de los novelistas brutos, en el ejercicio 7, que consistía en regalar a uno de nuestros compañeros un cuento navideño en el que fueran protagonistas. Este es para Camila Carbel, en una navidad para nada convencional.

Aquella noche del 98 lo decidió. Estaría despierta toda la madrugada, si era necesario. ¿Cómo era posible que aparecieran al otro día y nadie se enterara? El año pasado lo había intentado, pero el sueño la venció y se quedó dormida. Al día siguiente, los regalos estaban en el árbol. ¡Estuvo tan cerca!

Pero esta vez la cosa sería distinta. Su cuerpo y mente parecían estar dispuestos a resistir toda la madrugada. Todas esas historias fantásticas iban a quedar en el olvido.

Camila Carbel estaba despierta, con los ojos fijos en el techo, contemplando la oscuridad cómplice. Apenas si podía ver el reloj. Sabía que había pasado bastante tiempo desde que se fue a la cama temprano y desde entonces no había sucedido nada. Ni un ruido, ni un murmullo.

A veces contemplaba la idea de desertar y dormirse de una vez por todas. ¿Cuántos no habían intentado descubrir el misterio y habían fracasado? ¡Muchos! Pero de nuevo recuperaba el valor. Posiblemente esta sería la última oportunidad de saber quién era el que ponía los regalos junto al árbol y ella sería una privilegiada. Sí, podía hacerlo, ¡y nada iba a impedírselo!

De repente aparecieron las luces. Eran verdes y rojas y titilaban en el techo del cuarto; apenas un resplandor del brillo original que venía de la calle. Camila se quedó un momento observándolas, tumbada en la cama. ¿De dónde provenían?

Se incorporó y miró por la ventana, asegurándose de quedar resguardada por la oscuridad de su habitación.

Quizá sonara extraño, pero estaba segura de que aquella casa del frente jamás había estado allí.

La calle estaba desierta, a excepción de la misteriosa construcción que se erigía en la soledad exterior. No había luz pública. Lo único era la inquietante y colorida iluminación de la casa del frente. Camila miró instintivamente al techo de su habitación y comprobó la sincronía de los movimientos. ¿De dónde había salido? Siguió espiando para averiguar. Las luces en su interior estaban apagadas y los cristales estaban inundados con el reflejo de las lucecitas.

De repente entendió el porqué de ocultarse. Pudo oír los pasos del hombre alto que venía por la calle. Iba vestido de negro, con un enorme sombrero que alumbraba en sus bordes. El hombre se confundía en la oscuridad y el extraño sombrero parecía flotar por su cuenta, como un platillo volante.

La figura se detuvo frente a la casa un rato, luego se volteó hacia la ella. Camila se apartó de la ventana y luego se acercó agazapada, con cautela, hasta poder mirar por sobre el antepecho. El hombre seguía allí, observando directamente.

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