Cómo han pasado de rápido estos cuatro meses. Primero debo
disculparme con todos aquellos que entraron al blog durante este tiempo y se
encontraron siempre con la carátula del libro de Tolstoi que ha quedado bajo
esta reseña. Traté de hacer lo posible para subir otra reseña que pudo haber
sido de una antología de Hitchcock, o de una novela de Jonh Farris, pero no se
pudo. Este semestre en la universidad fue sumamente atareado: estudio
literatura. El hecho fue que dedicarme al terror me quedó imposible porque,
además de las clases y lecturas, hubo proyectos nuevos, bastante gratificantes
debo decir, que ocuparon todo mi tiempo.
Pero al fin he terminado el semestre, bastante satisfecho y
dispuesto a volver por más terror, retomando con una colección de cuentos de
Ray Bradbury, una muestra de sus primeros trabajos.
No tenía planeado leerlo todavía, pero un amigo me envió un
mensaje en el que me decía que había leído en una antología de Hitchcock un
cuento de Bradbury que se llamaba «El
viento», y que me
lo recomendaba. Cuando leí el mensaje, saqué El país de octubre de la biblioteca y revisé si estaba el cuento,
luego me lo leí de una sentada y me pareció bastante bueno. Luego regresé a la
primera página y leí el primer cuento, luego el segundo, luego el tercero y
pasadas unas semanas, en las que seguía ocupado con los últimos asuntos de la
universidad, pero que me dejaban ya un tiempito libre, terminé El país de octubre.
Este libro es una nueva versión de la primera publicación de
Bradbury, que se llamó Dark Carnival, publicado por primera vez por Arkham House.
Reúne 19 cuentos, de los cuales 15 son de la primera versión y fueron revisados
y reescritos por el mismo autor:
El enano
El siguiente en la fila.
La desvelada ficha de póker de H. Matisse.
Esqueleto.
La jarra.
El lago.
El emisario.
Tocados por el fuego.
El pequeño asesino.
La multitud.
La caja de sorpresas.
La guadaña.
El tío Einar.
El viento.
El hombre del primer piso.
Había una vez una vieja.
La alcantarilla.
Reunión de familia.
La maravillosa muerte de Dudley Stone.
Sin embargo, pese a que fue revisado y, supongo, mejorado
desde su versión original, me ha dejado con sensaciones ambiguas.
Todos los cuentos tienden a alcanzar ese clima nostálgico que
se anuncia en la sinopsis: «El
país de octubre… donde siempre está haciéndose tarde. El país donde las colinas
son niebla y los ríos neblina; donde el mediodía pasa rápidamente, donde se
demoran la oscuridad y el crepúsculo, y la medianoche no se mueve. El país que
es principalmente sótanos, subsótanos, carboneras, armarios, altillos y
despensas alejadas del sol. El país que habitan gente de otoño, que sólo tienen
pensamientos otoñales. Gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido
de lluvia…»
Pero no hay que ser injustos; el sol también está presente,
pero adquiere otra naturaleza cuando brilla en los lugares apartados,
silenciosos y demasiado apacibles en los que Bradbury sitúa algunos de sus
personajes.
El país de octubre
nos ofrece una amplia galería de espectros, de seres obsesionados y abyectos,
de criaturas extrañas que irrumpen en la cotidianeidad, pero sobre todo abundan
los parajes inhóspitos, raros, tan pacíficos que provocan incertidumbre, sin
mencionar la obligada revisita a algunos arquetipos de la literatura de terror
como los vampiros y los fantasmas. Aquí Bradbury nos niega la seguridad que
ofrece el bullicio de las grandes ciudades y nos abandona en pueblos que nos
enfrentan a los temores más recurrentes del ser humano: la soledad y el
silencio. Además, hay una curiosa fascinación por todo el universo de las
ferias de pueblo, en especial por los tiovivos (que hasta ahora descubrí eran
carruseles), que adquirirían importancia nuevamente en su novela La feria de las tinieblas.
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| Dark Carnival, Primera edición |
Una de las virtudes del libro es que la gran mayoría de las
historias parten de ideas sumamente creativas, insólitas. No son historias de
terror en el amplio sentido de la palabra; no son explícitas, sino más bien
sugerentes. Lo que debería estallar frente a nuestros ojos como un espectáculo
horroroso es apenas esbozado en una cuidadosa narración y la imaginación,
entonces, entra a participar. No somos simples espectadores viendo una sucesión
de horrores, como en una película, sino que somos parte de la historia. Tenemos
que vivirla junto con los protagonistas, entrar en sus mentes, para poder
experimentarla y eso lo sabe Bradbury, por eso crea pocos personajes en
espacios reducidos, más personales.
Todo eso lo logra haciendo uso de un lenguaje bastante
poético, que a veces puede resultar un tanto abstracto, sobre todo cuando lo
que esperamos ver con claridad no está visible sino oculto entre metáforas y
eufemismos. Los sentidos deben estar atentos a todo, y eso es un gran logro de
esta colección. Podemos sentir el clima protagonista que se anuncia desde la
sinopsis y que encadena cada una de las historias.
¿Qué es entonces lo que me dejó sensaciones ambiguas? Primero
debo decir que al leer diecinueve historias, es claro que no todas van a ser
igual de buenas. En el juego narrativo que propone Bradbury, así como hay
logros mencionados anteriormente, también hay falencias que se ven más
claramente en los finales. Algunas historias buscan el final abierto, pero lo
único que logran es cerrar la historia con un enorme signo de interrogación.
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| Primera edición en español, 1964 |
La prosa de Bradbury está muy bien, pero al leer un cuento
tras otro, con el mismo estilo, llega a hastiar. Sorprendentemente, al ser un
lenguaje que raya en lo poético, es muy fluido y eso se le agradece. Aquí está
la muestra de que para fabricar una lectura rápida no se necesita ser ramplón.
Pero, no sé por qué, y tal vez sea algo muy personal, el libro difícilmente me
hizo desear cada vez más. Me explico: cada historia me atrapó, me hizo
devorarla y disfrutarla con avidez, pero el libro íntegro no. Difícilmente
logró que me enganchara a él. Cuando llegué a la mitad veía con preocupación
las páginas que me faltaban y pensé que sería un libro más que se sumaba a las
lecturas incompletas. Pero no quería dejarlo a medias porque hace mucho decidí
no dejarme llevar por la pereza, y tuve que tomarme un tiempo para retomarlo
con más calma. Cuando me leí «El
viento» fue una
sensación agradable, y cuando pasé al primer cuento, siguió siendo agradable,
pero cuando fui por más, uno tras otro, ya no lo fue tanto.
Creo que es un libro para leer pausadamente, quizá
intercalándolo con otras lecturas, porque cada historia tiene una carga muy
fuerte de sensaciones y leérselas todas de un solo tirón puede llegar a cansar
y provocar la pérdida del encanto. Es lo que recomendaría para quien desee leer
estas historias, aunque la decisión siempre será personal, obviamente.
El país de octubre es
un buen libro, una agradable mirada a lo que pasaba por la mente del Bradbury
que, si se disfruta mesuradamente, con calma, será mucho más disfrutable,
porque eso es, precisamente, lo que nos ofrece cada historia: calma… y luego el
horror. Algunas historias superan a otras, pero no es nada raro dentro de un
libro con tantos cuentos que aspiran a lo mismo. Me llevo algunas cositas
valiosas, como el uso de los narradores, el lenguaje y el ritmo que seguramente
me servirán para mis cuentos, además de una divertida e inteligente sátira a
los vanguardistas.
Para finalizar, les dejo mis cuentos favoritos que de paso
les recomiendo: «El
enano», «La desvelada ficha de
póker de H. Matisse»,
«El lago», «El emisario», «El pequeño asesino» y «La guadaña».
Bradbury, Ray. El país de octubre; traducción de Francisco Abelenda. Barcelona, España: Ediciones Minotauro, 2002.






